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LOS MACGUFFIN VAN A LA PLAYA

Transitamos un largo verano de perros que no cesa, que no se agota...


Vamos a la playa, vertedero de sombra y sueño de muchedumbres venidas de algún inframundo y lo mejor es arrancarse los ojos: Una cabeza llena de gaviotas reposa sobre unos senos desnudos como almendras amargas. Hay unas piernas enredadas en la arena en el lugar donde los cuerpos se deshacen en jirones. Las sombrillas son un triste reguero de almas leves e intrascendentes y alegres. Un niño levanta catedrales góticas en la orilla dejando caer la arena mojada entre sus dedos. Las páginas húmedas de un best-seller revolotean y se desvanecen al sol. El puto crucigrama tiene una errata y es irresoluble como el mundo...


Casi caemos en una crisis existencial, en la tentadora propaganda del agnosticismo cuando escuchamos un lejano ladrido:


Se vende agua.

Se vende cerveza.

Se venden refrescos.

Se hacen masajes.


Todo es prescindible en este paraíso de cigarros enterrados y colillas florecidas. Todo salvo la sonrisa del niño aquel que da sentido a la infamia.


La monotonía de los días y el sol y las olas invitan al alcoholismo y la drogadicción como el canto de una sirena de una carretera secundaria.


Bebemos cartones de leche agria en la mañana y, al mediodía, devoramos pescado rebozado en petróleo, arroz fluorescente y postre de la casa. Cenamos toneladas de bicarbonato.


Hay fiestas y verbenas cutres y esperpénticas para dar rienda suelta al desenfreno familiar, para estrenar la prótesis de cadera de la abuela y para el padre que es un poco gandul, la madre que es un poco dejada, para el niño que es un poco retrasado y la chiquilla que es un poco casquivana. Familias típicas y convencionales. Lo único bueno de todo aquello es el olor a jazmín.


Nos preguntamos qué cojones hacemos aquí y como coño hemos llegado a esto:

Nosotros que fuimos flor de olivo y antes animal de carga, y antes piedra del camino, y antes estrella lejana. Ahora somos lo que somos: nada.


El exceso de tiempo libre no es bueno y nos da por hacer retrospectiva: Nuestro origen es dudoso e incierto porque nuestro verbo se conjuga de forma irregular y desconocida, como no podía ser de otra manera, es un verbo íntimo y melódico al oído, que nunca calla ni se traduce, por eso no está la cosa clara.


Esperando que por fin se termine esta página del calendario, este reloj estrafalario obra de un demente, con los ojos llenos de barcos lloramos a manos llenas el habernos conocido, el habernos encontrado: Adiós verano, adiós verano.




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